Revestida del manto de la religión y la obligación moral de continuar con un legado cultural, la mañana lluviosa del domingo rompe su silencio con una serie de explosiones en el cielo. El destello y la nube anuncian que el ritual ha iniciado en las calles de El Pueblito: Al frente del atrio de la iglesia, una banda de viento pone el ambiente a cientos de curiosos que forman un círculo en torno a hombres ataviados con sombrero, y que se aferran a una cuerda, como si la vida se les fuera en ello.
En el corazón de todo, un buey, amarrado de cuernos y cuerpo, decorado con collares de verduras, licor y flores de papel, recibe una bendición de agua que arroja el párroco local.
En realidad son dos bueyes, amarrados y paseados en las calles de la cabecera municipal de Corregidora. De acuerdo a la tradición, el paseo que se remonta a varias décadas o más de un siglo, da inicio a las festividades de la Virgen de El Pueblito, en donde dos animales son sacrificados para preparar un caldo que alimentará al pueblo al día siguiente.
Dice una versión de la tradición, que el animal era paseado para que el pueblo viera que el animal que habrían de comer era sano.
Para este domingo la lluvia no ha ahuyentado a nadie. Hay chavales que apenas alcanzan los 10 años, o padres que cargan a sus hijos en lo alto de sus hombros para ver, o incluso acompañar el recorrido de una hora.
Es un paso lento y pesado, afectado por el tirón de cuerdas, que se afloja a instantes y deja al prisionero tener una ilusión de escape, y dar una embestida que los visitantes toman a juego en carrera repentina.
Los hay mansos y dóciles. Unos más son fieros, pero en general, estresados por las constantes explosiones que anteceden su calvario. En esta ocasión el segundo de la jornada es especialmente bravo. Embiste, jala, y hace que los hombres se arremolinen en una compleja danza que busca neutralizar la fuerza impredecible.
A mitad de la calle espera una cabina para el encierro, que será camino final al matadero. A unos metros el elegido inicia una lucha final: más de 10 hombres tiran mientras una carrera, un brinco y una cornada tensan los músculos al máximo.
Una puerta parece que se abre a lo lejos, bajo los arcos de un portal. La carrera inicia y la muchedumbre huye entre gritos y empujones. Pero pelear en una desventaja de 10 a 1, hace que los cobardes regresen a tomarse una foto con el canelo.
Las cuerdas apuntan al encierro. Las venas saltan y el sudor aparece en la frente. La victoria se respira, hasta que un suspiro rompe el encanto. Los hombres pierden terreno. El animal colapsa hacia su costado, se paraliza, el cansancio lo invade.
Al final, la tradición y la fuerza se imponen. Aplausos y gritos se elevan mientras las cuerdas encuentran descanso. Arriba, imposibilitado para moverse, el canelo respira de forma agitada. Los ojos cerrados delatan fatiga, esconden el miedo a una muerte inminente.
Las familias se dispersan, pero quedan algunos valientes.
-Entrevistame- suena desde mi hombro mientras tomo una foto
- Entrevistame - insiste un flaco de piel morena que apesta a licor.
- ¿Quién eres?
- Soy el mero chingón del Pueblito. ¿Cómo que quién soy? Pos el mero chingón.
Cuando la cámara comienza a grabar, una mano se levanta y el aliento a licor me da la espalda, en medio de una risa nerviosa. Protegido desde la distancia, embiste de nuevo:
-Disparame un trago y te doy una entrevista.
Doy la vuelta para revisar la toma que casi me cuesta la vida, y por un instante pienso que hay demasiados bestias paseando en esta tradición del paseo del buey.
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